#CANNES26| Gentle Monster: ¿El drama más perturbador de la Kreutzer?

por Nathalia Olivares
Marie Kreutzer, la aclamada directora austriaca que ya demostró su finura visual y psicológica en obras como The Ground Beneath My Feet y el aplaudido biopic Corsage, regresa a la gran pantalla con un drama franco-alemán tan frío como elocuente. Presentada como una de las propuestas más perturbadoras y aterradoras del año, Gentle Monster se sumerge sin concesiones en las repercusiones domésticas de un secreto inconfesable. La cineasta explora con una mirada clínica las dinámicas de una mujer atrapada por el deber del cuidado, la lealtad y el peso de las acciones del hombre con el que comparte su vida, logrando construir un relato que incomoda desde el primer plano.
La trama nos presenta a Lucy Weiss, interpretada por una magnífica Léa Seydoux, una música francesa de pop-clásico experimental que vive una existencia aparentemente idílica en Múnich junto a su esposo alemán, el director de televisión Philip (Laurence Rupp), y su hijo de nueve años, Johnny. Tras una supuesta crisis nerviosa de Philip, vinculada al exceso de trabajo, la familia se traslada al campo buscando un refugio sanador. Sin embargo, la paz se quiebra de forma definitiva cuando la policía irrumpe en la vivienda con una orden de registro para confiscar todos los dispositivos electrónicos del marido, desatando una pesadilla que desmantela por completo la realidad de Lucy.
El peso del horror y la negación
A partir de este estallido, el largometraje se convierte en una crónica del desmoronamiento emocional. Seydoux encarna con maestría a una mujer perdida entre el amor profundo y el horror absoluto tras descubrir que su esposo está acusado de tráfico de pornografía infantil. La actriz carga con el peso de la película sobre sus hombros, transitando de una sensualidad somnolienta a un estado de vigilia forzada y espanto absoluto, similar al de una sonámbula que es despertada bruscamente. El verdadero calvario de Lucy no es solo la sospecha, sino su propia necesidad de entrar en un estado de negación negociada, contorsionando la lógica para intentar encajar las excusas patéticas y cambiantes de Philip dentro de su estructura familiar.
Sin embargo, es a partir de la irrupción policial donde la película empieza a mostrar sus fisuras narrativas más graves. El guion intenta establecer un espejo moral a través de Elsa (Jella Haase), la detective a cargo del caso. Mientras en su jornada laboral se muestra implacable y profesional persiguiendo criminales, en el ámbito privado el libreto le adjudica una subtrama donde justifica los abusos e inapropiados acosos de su anciano padre hacia su cuidadora. Este paralelismo, que pretende enriquecer la temática de la lealtad familiar ciega, termina sintiéndose artificial y forzado dentro del engranaje de la historia.
El lastre de un personaje secundario
El gran problema con la película es que, aunque la interpretación de los actores es correcta, el personaje de Jella Haase se siente a todas luces innecesario e incompleto. Su presencia en la trama no logra justificarse del todo y se percibe como un pegote que no aporta valor real al conflicto central. En lugar de elevar la tensión del thriller, esta subtrama dispersa la atención del espectador, debilitando el núcleo dramático de la película que debería ser el desgarro interno de la esposa y madre afectada.
Esta falta de desarrollo actoral y narrativo en el entorno de la detective pesa demasiado en la historia, provocando baches que te hacen perder el interés en la pantalla por momentos. La fluidez del relato se corta abruptamente cada vez que la dirección decide desviarse hacia la vida personal de Elsa. Asimismo, los comportamientos erráticos de los personajes secundarios no suman a la atmósfera gélida que la directora construye al principio; al contrario, le restan solidez y coherencia al guion final, dejando la sensación de que a la intriga le hacía falta un corte de edición mucho más ajustado para ser verdaderamente impactante.
La agonía de la incertidumbre
Aunque Philip jura que su hijo está a salvo de sus impulsos, la policía le recuerda a Lucy una verdad devastadora: a pesar de que los médicos no han encontrado pruebas físicas de abuso, en estos casos nunca se puede estar completamente seguro. Es precisamente esa falta de certeza absoluta, ese vacío informativo, donde reside la verdadera agonía de este drama. Gentle Monster se consolida así como una película profundamente sombría y pesimista que, a pesar de sus evidentes tropiezos en el guion y el lastre de subtramas prescindibles, sobrevive gracias al increíble rango y capacidad para la humanidad de una descomunal Léa Seydoux.
