#CANNES2025 Sentimental Value: El vampirismo emocional de Joachim Trier

por Nathalia Olivares
Joachim Trier ha perfeccionado a lo largo de los años una caligrafía del desamparo. Si en Oslo, 31 de agosto exploró la vacuidad del adicto y en La peor persona del mundo la deriva existencial de la generación millennial, en esta entrega eleva su apuesta junto a su colaborador habitual, Eskil Vogt. Juntos han erigido un guion que funciona como una caja de resonancia donde cada silencio pesa más que un grito. La dupla Trier-Vogt se confirma aquí como el binomio más lúcido del cine europeo, capaz de transformar la anécdota burguesa en una tragedia de proporciones universales.
La trama nos sumerge en la colisión de Nora y Agnes, dos hermanas marcadas por el luto de una madre ausente y el regreso de un espectro vivo: su padre, Gustav Borg. Gustav, un director de cine cuya sombra es tan vasta como su egocentrismo, intenta orquestar una reconciliación no a través del abrazo, sino del encuadre. Al ofrecerle a Nora —una actriz de teatro que lucha por su propia voz— un papel en su próxima película, se desata una guerra fría de resentimientos que culmina en una traición profesional: el papel termina en manos de una estrella de Hollywood. Este giro no es un mero recurso de guion, sino el detonante de una disección brutal sobre el valor real de los vínculos frente al simulacro del arte.
Estamos ante una obra que se atreve a desmitificar la figura del "autor". Trier reflexiona sobre el cine como una herramienta de sanación, pero lo hace con una sospecha constante. ¿Es el arte un bálsamo o una forma sofisticada de vampirismo emocional? La película se mueve en esa ambigüedad moral, donde el duelo y la memoria son tratados con una melancolía que evita el rictus fácil del melodrama para instalarse en una incomodidad persistente, de esas que obligan al espectador a revisar sus propias heridas familiares.
En el corazón de Sentimental Value late una pregunta punzante: ¿quién es el dueño de los recuerdos? Gustav Borg intenta "dirigir" el pasado de sus hijas para redimirse, convirtiendo el trauma ajeno en su propia catarsis creativa. Esta premisa eleva el filme por encima del drama familiar convencional, transformándolo en un ensayo sobre el poder y la apropiación. Las cicatrices de Nora y Agnes son distintas, pero ambas convergen en la imposibilidad de un lenguaje común que no esté mediado por la cámara del padre.
El origen del proyecto, nacido tras la venta de la casa familiar de Trier, dota a la puesta en escena de una carga simbólica abrumadora. La casa no es un decorado; es un museo de expectativas frustradas. El director captura la mirada infantil que sobrevive en los adultos, esos espacios que configuraron la identidad y que ahora se desmoronan bajo el peso del tiempo. Hay una honestidad casi obscena en cómo Trier utiliza los espacios físicos para narrar el derrumbe interno de sus personajes.
Es imposible no trazar un paralelismo con el testamento fílmico de Ingmar Bergman. Si bien su obra anterior coqueteaba con la ligereza de un Woody Allen nórdico, aquí Trier se adentra en la densidad de Sonata de otoño. La estructura narrativa, que se apoya en la memoria como si de un rompecabezas se tratara, evoca la maestría de Fresas salvajes. Sin embargo, Trier no imita; evoluciona. Logra que ese vacío existencial, que ya era el núcleo de su "Trilogía de Oslo", se sienta aquí más maduro, menos teórico y mucho más carnal.
El apartado interpretativo es, sencillamente, una exhibición de poder. Renate Reinsve entrega una actuación que debería estudiarse en las escuelas de arte dramático. Su Nora es una amalgama de furia contenida y transparencia devastadora. Tras haber sido ignorada injustamente en circuitos previos por su papel de Julie, Reinsve regresa para reclamar su trono en una de las temporadas más competitivas que se recuerden. Su capacidad para sostener primeros planos donde la decepción se filtra por los poros es el verdadero motor emocional de la cinta.
Frente a ella, Stellan Skarsgård compone a un Gustav Borg monumental. Skarsgård evita la caricatura del artista atormentado para darnos a un hombre cuya desconexión emocional es tan profunda que resulta aterradora. La escena en la que pretende "educar" a su nieto de nueve años regalándole copias de La pianista e Irreversible es un prodigio de humor negro y sociopatía doméstica. Skarsgård encarna a esa generación de creadores que ha confundido su autoridad estética con una licencia para ejercer violencia simbólica sobre su entorno.
A diferencia de los homenajes clásicos al "cine dentro del cine" que celebraban el caos del rodaje, Sentimental Value se enfoca en el caos moral del creador. Trier disecciona la ética de la representación: ¿es lícito convertir el dolor de una hija en materia prima para un festival de cine? La película termina siendo una advertencia sobre la arrogancia del arte y una oda a la fragilidad humana. Al final, lo que queda no es la película que Gustav intenta rodar, sino los restos de una familia que intenta sobrevivir a su director. Como bien ha sentenciado Trier: "La ternura es el nuevo punk", y este filme es su manifiesto más feroz.

