#Cannes2025 El Agente Secreto: Un thriller político de zooms lentos y verdades incómodas

El Agente Secreto se ambienta en el Brasil de 1977, un periodo que un rótulo inicial describe eufemísticamente como "una época de grandes travesuras". Sin embargo, la realidad es otra: el país atraviesa su segunda década bajo una cruel dictadura militar. La película logra retratar vívidamente la desorientación y el asfixiante clima de sospecha que imperaba en aquel entonces.
Esa atmósfera se establece desde su audaz escena inicial. Marcelo (un inmenso Wagner Moura) llega a una gasolinera desierta. Mientras llenan el tanque, descubre un cuerpo cubierto con cartón en el suelo. El empleado confiesa haberle disparado por intentar robar combustible, pero añade con frialdad que la policía ni siquiera se molesta en acudir. Cuando finalmente aparecen dos oficiales, no lo hacen por el cadáver, sino para extorsionar a Marcelo exigiéndole cigarrillos. Es una secuencia magistral, cargada de tensión y carácter, que parece rescatada de un Western de la época.
Las implicaciones de este incidente, no obstante, tardan en revelarse. A Mendonça Filho le gusta hacer trabajar al espectador; su guion es un rompecabezas donde la historia de Marcelo (un misterio en sí mismo) solo se reconstruye a medida que logramos reunir las pistas dispersas. Esta narrativa no solo exige atención, sino que se permite fluir a través de géneros diversos con una libertad asombrosa.
La cinta funciona, además, como una carta de amor al cine de los setenta. El director emplea una paleta de colores sobresaturados, recurriendo a paneos y zooms lentos que rinden homenaje a la estética de los cineastas de aquella década.
La trama central sigue los pasos de Marcelo, un exprofesor universitario cuya vida se desmoronó tras las maquinaciones de una empresa corrupta que financiaba su investigación. Ahora, con su vida bajo amenaza, huye ayudado por una red de resistencia que le ha buscado refugio en la ciudad costera de Recife. Allí, mientras espera el momento para encontrar a su hijo y escapar del país, se aloja en una casa regida por Doña Sebastiana, un personaje entrañable que roba el corazón del espectador en cada intervención, transformando el refugio en algo cercano a un hogar.
Aunque la película se ramifica en múltiples subtramas que transitan por diversas emociones —y que por momentos parecen alejarnos del eje central—, el relato nunca pierde el foco. El Agente Secreto trasciende el thriller político para convertirse en una obra coral y un retrato profundo de Recife. Es, en esencia, un ejercicio sobre lo que motiva a Mendonça Filho como autor: el cine como el único medio capaz de retratar la complejidad de su tierra.
El epílogo es magnífico. En muchos niveles, concluye no solo la narración, sino también la tesis sobre la cinefilia de Kleber y la capacidad del séptimo arte para autoconcluirse. A través de un salto temporal, que se siente extrañamente atemporal, la película nos asesta un golpe de nostalgia que permite, finalmente, comprenderlo todo.
