#CANNES26| Amarga Navidad: El vampiro que olvidó sangrar

por Nathalia Olivares
Pedro Almodóvar ha decidido mirarse al espejo, pero en lugar de la honestidad desarmante y la melancolía conmovedora que hicieron de Dolor y gloria (2019) una obra maestra introspectiva, en Amarga Navidad (también titulada Autoficción) ha preferido romper el cristal y construir un laberinto esteticista. De regreso al formato hispanohablante tras su periplo en inglés con The Room Next Door, el director manchego propone un intrincado juego de cajas chinas (mise en abyme) que pretende teorizar sobre el derecho del artista a canibalizar la realidad. Sin embargo, al desdoblar su alter ego en dos figuras —Raúl (Leonardo Sbaraglia), el cineasta bloqueado en el presente, y Elsa (Bárbara Lennie), la directora de culto que protagoniza su guion de 2004—, la carga dramática se diluye en un frío ejercicio analítico. El salto sin red hacia el metacine emocional se queda a medio camino por un exceso de ambición conceptual que, tristemente, promete el cielo para no llegar a ninguna parte.
La película funciona como dos largometrajes descompensados que avanzan por líneas temporales separadas por dos décadas. En una superficie impecable, Raúl habita una villa minimalista con piscina de cuadro de Hockney, mientras su joven pareja Santi (Quim Gutiérrez) nada en bucle y su asistente Mónica (Aitana Sánchez-Gijón) le gestiona premios honoríficos que él rechaza por pura inercia aristocrática. Paralelamente, en la ficción dentro de la ficción, Elsa sufre migrañas y ataques de pánico mientras procesa el duelo de su madre muerta en Lanzarote, arropada por su devoto novio stripper, Beau (Patrick Criado). Almodóvar maneja las transiciones con la fluidez de su fiel editora Teresa Font y la suntuosa partitura de Alberto Iglesias, pero la artesanía visual no logra ocultar que los personajes deambulan como espectros familiares, repitiendo los motivos icónicos del director pero vaciados de una emoción genuina.
El gran problema ético y dramático de Amarga Navidad es su caída en los vicios más autocomplacientes de la autoficción contemporánea. Bajo una sofisticada capa de honestidad salvaje, el filme se ahoga en un narcisismo que confunde el dolor íntimo con el tremendismo desmesurado. Almodóvar inunda la pantalla con planos-reacción de personajes llorando por tragedias indiscutibles, forzando la lágrima a través de descarnadas rancheras de Chavela Vargas —cantadas por Amaia Romero o reproducidas en el estéreo por Victoria Luengo—. Lo éticamente discutible llega cuando el guion equipara el duelo cotidiano y natural por la muerte de una madre con el agujero abrasador y demoledor que sufre Natalia (Milena Smit) al perder a un hijo. Poner ambos traumas en paralelo, como si fueran meras herramientas de guion para detonar la catarsis del autor, resulta de una simpleza y una falta de empatía difícilmente comprensibles.
Esta desconexión emocional se agrava por culpa de una asfixiante cascada de diálogos explicativos que funcionan como molestas notas a pie de página. Los actores defienden con un profesionalismo impecable unos parlamentos que carecen de oralidad real; ver a Quim Gutiérrez o a Aitana Sánchez-Gijón intentar insuflar verdad humana a digresiones intelectuales abstractas resulta casi doloroso. Almodóvar satura el metraje haciéndolo explicar todo de forma didáctica, matando el misterio que directores como Bergman lograban con el silencio. Incluso las secuencias festivas en casa de Gabriela (Rossy de Palma), que pretenden retratar la "resistencia" cultural contemporánea, terminan visualmente más cerca de un anuncio de objetos de lujo que de una propuesta de emancipación social, provocando un inevitable distanciamiento en el espectador común.
Hay, por supuesto, recompensas que salvan el metraje del desastre. El hipnótico diseño de producción de Antxón Gómez y el vibrante vestuario de Paco Delgado inyectan esas explosiones de color que revelan las facetas ocultas de sus criaturas. El director tampoco ha perdido su apetito por el placer ni su gusto por el camp retro, regalándonos un hilarante número de striptease a cargo de Patrick Criado desnudándose al ritmo de Grace Jones y Amanda Lear, un oasis de diversión pura dentro de una atmósfera predominantemente melancólica. Asimismo, la fiera escena donde Mónica confronta a Raúl por su vampirismo emocional —echándole en cara que utilice la enfermedad de su pareja como combustible dramático— brilla por su brutalidad, demostrando que Almodóvar sigue siendo un creador de chispazos genial aunque el conjunto de la estructura no tenga ni pies ni cabeza.
El tramo final de la película levanta un supuesto monumento a la sinceridad cuando el guion se autocrítica y expone sus propias costuras. Pero este giro meta llega demasiado tarde y se siente como el viejo truco de poner la tirita antes de la herida. Es el equivalente a llamar a un fontanero galardonado que pasa dos horas bajo el fregadero manipulando una avería que no sabe solucionar, para acabar justificando detalladamente sus propios errores antes de pasarte la factura e irse. Al final, la tubería sigue goteando. Amarga Navidad se cierra con un plano gigante de unas manos tecleando en un espejo, fascinadas por el proceso de una próxima película que sí será buena, dejando al público con la insatisfacción de haber presenciado una construcción analítica torturada donde hubo mucho dolor, pero definitivamente, menos gloria.
