#CANNES26 | Club Kid: El despertar emocional entre el neón y el asfalto

La narrativa nos sumerge en la vida de un coordinador de fiestas queer, cuya existencia se rige por el hedonismo y la efimeridad del pulso urbano. Sin embargo, su ritmo de vida colapsa cuando descubre la existencia de un hijo de diez años, fruto de una conexión fortuita del pasado en una noche de fiesta y drogas.
Lo que podría haber sido una comedia de enredos convencional, Firstman lo transforma en una conmovedora y madura reflexión sobre la adultez forzada y el peso de la responsabilidad en una cultura que idolatra la eterna juventud. Lo más gratificante de Club Kid es su negativa a higienizar la experiencia LGBTQIA+, la película captura la idiosincrasia de la escena de Nueva York con una especificidad casi antropológica.
La cinta se aleja de los tropos habituales del cine indie para abrazar una estética "sucia" y vivida. No hay filtros embellecedores; la cinematografía respira la humedad de los clubes y la frialdad de los apartamentos compartidos, logrando una autenticidad cruda que rara vez cruza al cine mainstream. Jordan no solo dirige con pulso firme, sino que entrega una actuación protagonista vulnerable, rodeado de un elenco secundario que dota de tridimensionalidad a cada rincón de la historia.
Es inevitable trazar paralelismos con el cine de Sean Baker, especialmente tras el éxito de Anora, ex-ganadora de la Palma de Oro. Al igual que Baker, Firstman demuestra un respeto sagrado por los personajes que habitan los márgenes de la sociedad. Existe esa misma energía caótica, un humor que golpea rápido y una cámara que ama a los "imperfectos". Sin embargo, Firstman aporta una sensibilidad propia, una suerte de melancolía generacional que se siente intrínsecamente moderna.
A pesar de sus múltiples virtudes, la cinta no está exenta de las fricciones propias de una ópera prima. Con una duración que apenas roza las dos horas, el metraje se siente, por tramos, irregular y dilatado. No obstante, la película se salva de ser un mero "proyecto de vanidad" gracias a su resolución.
El tramo final es donde Firstman demuestra su verdadero talento: La fantasía de la "familia elegida" y el hogar improvisado chocan frontalmente contra la burocracia y la realidad sistémica. Al aterrizar la historia de esta manera, la película evita el sentimentalismo barato y se convierte en algo mucho más honesto y luminoso.
Club Kid es un debut elegante en su aspereza. Es una película que entiende que para crecer, a veces hay que dejar que el caos se calme, aunque solo sea un poco. Una de las sorpresas más gratas del circuito de festivales que posiciona a Firstman como una voz indispensable en el nuevo cine americano.
