#CANNES26 | "El Deshielo" (The Meltdown): Una alegoría gélida del silencio

15.05.2026
Manuela Martelli regresa con una fuerza visual contenida en su segundo largometraje, El Deshielo. Ambientada en el Chile de 1992, la película utiliza la atmósfera opresiva y gélida de un centro de esquí andino para explorar las heridas aún abiertas de una nación que intentaba reinventarse tras la dictadura de Pinochet. La narrativa se centra en Inés, una niña de una mirada iniciática y para nada paternalista, cuya perspectiva se convierte en el lente a través del cual el espectador descubre las capas de complicidad y secretos que definen a su entorno familiar y social. Uno sale conmovido de esta experiencia, gracias a un tono narrativo poco habitual y lleno de matices que la postula con fuerza como una de las películas latinoamericanas del año.

El guion establece un paralelismo fascinante entre lo micro y lo macro. Mientras los padres de Inés trabajan en el pabellón chileno para la Expo de Sevilla —cuyo principal atractivo es un iceberg transportado desde la Antártida—, en los Andes la nieve comienza a ceder. Este simbolismo no es sutil, pero sí profundamente efectivo: el hielo representa una permanencia artificial, una fachada de pureza y orgullo nacional que, al derretirse, revela inevitablemente lo que se ha intentado ocultar bajo la superficie. Esta coproducción chilena-española propone así un sugerente retrato de la pérdida de la inocencia, cargado de capas y atmósferas envolventes.

La desaparición de Hanna, una joven esquiadora alemana de quince años y objeto del afecto infantil de Inés, actúa como el catalizador de la trama. A través de este suceso, Martelli despoja a la montaña de su romanticismo para mostrarla como un espacio de aislamiento y peligro. La búsqueda de Hanna no solo moviliza a los personajes, sino que introduce el relato en terrenos nada obvios y complacientes, mutando del drama familiar al "noir" desde una perspectiva intrigante. La dirección se cuida de no caer en lugares comunes, mostrando un respeto absoluto por el detalle del gesto mínimo pero contundente.

En el apartado técnico, la cinematografía de Benjamin Echazarreta es sencillamente magistral. El uso de los reflejos y la captura de los paisajes invernales logran una estética que se siente a la vez majestuosa y claustrofóbica. Los interiores están filmados con una precisión que resalta la soledad de Inés, quien a menudo aparece encuadrada en espejos o ventanas, subrayando su posición como una observadora que apenas comienza a comprender la magnitud de la corrupción moral que la rodea.


La banda sonora de Maria Portugal merece una mención aparte. Desde el inicio, la música utiliza cuerdas discordantes y raspadas que generan una tensión creciente, culminando en lo que la crítica describe acertadamente como un "grito de pánico basado en el violín". Esta decisión sonora rompe con la quietud visual de la nieve, recordándonos constantemente que, bajo la aparente calma del paisaje andino, subyace una amenaza latente y una violencia histórica que no ha sido procesada. 

El elenco, encabezado por la joven Maya O'Rourke y secundado por nombres como Saskia Rosendahl y Paulina Urrutia, entrega interpretaciones sobrias y cargadas de subtexto. O'Rourke logra transmitir la vulnerabilidad y la confusión de una infancia que se rompe prematuramente, mientras que los adultos encarnan a la perfección esa clase social chilena de la transición: educada, aspiracional y voluntariamente ciega ante las sombras del pasado reciente que aún caminan entre ellos.

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