#CANNES26 | Fjord: El complejo vendaval moral de Cristian Mungiu

El cineasta rumano Cristian Mungiu lo ha vuelto a hacer: Tras conmover al mundo y haber ganado ya la Palma de Oro en 2007 (con su aclamada 4 meses, 3 semanas, 2 días), el director regresa por todo lo alto al festiaval de cine mas importante del mundo, alzándose nuevamente con el máximo galardón en Cannes por este filme. Con Fjord, Mungiu factura un prodigioso drama de suspense judicial que no solo confirma su maestría para radiografiar las tensiones institucionales, sino que utiliza la inmensidad del paisaje nórdico como el escenario perfecto para un choque ideológico devastador.
Ambientada en un remoto pueblo noruego con telones de fondo tan espectaculares que prácticamente se puede oler el aire impoluto, la película se centra en la familia Gheorghiu. Mihai (Sebastian Stan) es un ingeniero de software rumano que se ha mudado con su esposa noruega, Lisbet (Renate Reinsve), de vuelta a su lugar de nacimiento para criar a sus cinco hijos bajo estrictos valores cristianos evangélicos.
La aparente paz alpina se quiebra por completo el día en que una integrante del colegio descubre que Elia (Vanessa Ceban) tiene unas heridas en el cuerpo. Aunque las marcas bien podrían ser el resultado de las prácticas de lucha libre que se realizan en el mismo centro educativo, el implacable protocolo estatal obliga a radicar una denuncia. En una zona de avalanchas de nieve, lo que se vendrá será un auténtico vendaval para los Gheorghiu: las autoridades les quitarán la tenencia de sus hijos —incluido el bebé que todavía es amamantado por Lisbet— hasta que el caso se resuelva en el terreno judicial.
La creciente maraña de funcionarios de las agencias sociales, policías, abogados, fiscales y jueces, sumada al revuelo social, político y mediático que genera el caso, convertirán a la segunda mitad del film (básicamente un thriller judicial) en un duelo dantesco. Mungiu enriquece el relato añadiendo varias capas adicionales que dotan de un realismo sobrecogedor a la propuesta: La intensa amistad que Elia establece con una compañera de colegio, que bien podría interpretarse como una relación romántica, la subtrama de un anciano que ya no quiere vivir y el importante grado de organización que tienen los sectores evangélicos.
Sin embargo, el conflicto principal pasa por un profundo dilema ético y moral, de valores y principios, entre ambas posturas. La película, sumamente inteligente y ambigua, evita el juicio fácil y nos obliga a chocar de frente contra nuestros propios prejuicios.
Los Gheorghiu imponen una forma estricta de vivir con la oración diaria, sin Internet ni música. A medida que la pareja se arriesga a un castigo inusualmente duro como la cárcel, se hace evidente para el espectador que no es solo el castigo físico acusado el que está siendo juzgado, sino su evangelismo conservador frente a la burocracia estatal noruega.
Las actuaciones de Sebastian Stan y Renate Reinsve están, como siempre, muy bien. Stan transmite con brillantez la frustración contenida del extranjero atrapado en un sistema ajeno, mientras que Reinsve desarma al público mostrando el dolor de una madre despojada de sus hijos. Su química es el ancla emocional de un largometraje que rehúye las respuestas sencillas.
Fjord no busca aleccionar; busca incomodar. Al coronarse con la Palma de Oro, Mungiu consolida un largometraje imprescindible sobre el integrismo, la intolerancia moderna y los límites del Estado sobre la familia. Un ejercicio cinematográfico tan frío como su entorno, pero de un impacto humano abrasador.
