#CANNES26| Sheep in the Box:El dilema del duelo según Koreeda

por Nathalia Olivares
La última producción de Koreeda ya divide las aguas de la crítica internacional con una audacia temática inusual en su filmografía. Al adentrarse en los terrenos de la ciencia ficción con Sheep in the Box, el director japonés plantea una interrogante tan vieja como la literatura de género, pero reformulada desde su óptica íntima: ¿Y si un androide pudiera ocupar el lugar de un ser querido desaparecido demasiado pronto? Lejos de los fuegos artificiales de Hollywood y esquivando los tropos de las distopías tecnológicas saturadas de efectos especiales al estilo de Spielberg, el realizador utiliza esta premisa para explorar los límites del duelo, la memoria y la desesperada necesidad humana de aferrarse a los fantasmas del pasado a través de un drama doméstico susurrado.
Es innegable que los sectores más cínicos del análisis cinematográfico no han tardado en señalar que la propuesta no aporta nada verdaderamente nuevo a un subgénero ampliamente explotado por obras contemporáneas. El propio guion de Koreeda a veces parece disperso, incapaz de digerir por completo un abanico tan amplio de microtemas condensados en sus 126 minutos de metraje. Sin embargo, juzgar esta obra únicamente por la falta de originalidad de su punto de partida es un análisis superficial que ignora la sensibilidad del autor, quien prefiere construir una reflexión conmovedora y por momentos caprichosa sobre la coexistencia de la humanidad con las máquinas inteligentes.
Lo que diferencia a este largometraje de otras propuestas es cómo el cineasta despliega allí su delicadeza habitual, transformando un concepto tecnológico en una experiencia íntima donde los silencios y la luz solar difuminada sobre los rostros pesan más que los debates científicos. La gran riqueza de la película reside en que ofrece una perspectiva oriental sumamente espiritual sobre la confección entre la inteligencia artificial y el alma. A través de la sutil evolución de la concepción del autómata dentro del núcleo familiar, lo que inicia como un sustituto inanimado o un electrodoméstico —comparado sarcásticamente por el padre con una aspiradora Roomba— transita de manera natural hacia la construcción de otro ser de vida independiente a los ojos de la madre, una arquitecta que todavía se aferra a herramientas analógicas.
Siendo justos con su impecable trayectoria, hay que reconocer que no estamos ante uno de sus mejores trabajos, principalmente porque el director tiene la vara demasiado alta tras haber firmado obras maestras previas. La crítica en Cannes ha sido tibia, otorgándole una calificación discreta debido a ciertas concesiones sentimentales y a una banda sonora instrumental de Yuta Bandoh que a menudo se vuelve demasiado melosa, debilitando la fuerza de sus reflexiones filosóficas. Aun así, la supuesta irregularidad del filme no significa en absoluto que no estemos ante un gran filme; la dirección prefiere la contención y se apoya en un reparto coral extraordinario, donde destaca la química tensa entre Haruka Ayase y el comediante Daigo, junto a la conmovedora interpretación del pequeño debutante Rimu Kuwaki.
El valor disruptivo de la cinta radica en su temporalidad y en cómo decide posicionarse frente al espectador actual ante una disyuntiva y temática controversial que, sin lugar a dudas, está a la vuelta de la esquina. En comparación a otros films que se lo replanteaban como un tema bastante lejano, hipertecnológico y puramente futurista, el guion hace un esfuerzo consciente por aterrizarlo a nuestro día a día más cotidiano. El Japón del futuro cercano que retrata Koreeda es idéntico al de hoy, salvo por la presencia sutil de drones de reparto o robots de tráfico, lo que nos sumerge en una realidad palpable y doméstica, generándonos la inquietante duda de qué haríamos si en unos meses más esto fuera una posibilidad real en nuestras vidas.
Esta cercanía obliga al público a abandonar la comodidad de la distancia de seguridad y tomar partido frente a la pantalla sobre la gestión del dolor y los límites de la tecnología. El tramo final del largometraje nos sitúa ante una encrucijada moral ineludible, ejemplificada en el título de la película que rinde homenaje a El Principito de Antoine de Saint-Exupéry y al poder de la imaginación para ver vida donde otros solo ven una caja. El relato nos expone a la vertiente deshumanizadora y cruel que reduce al androide a una imitación vacía equipada con rastreador GPS que no come ni bebe, confrontándola con aquella mirada abierta a una nueva concepción del concepto de vida, capaz de aceptar la evolución emocional de la máquina.
En última instancia, Sheep in the Box se consolida como un ejercicio cinematográfico maduro sobre la condición humana en tiempos de transición tecnológica, enriquecido por el contraste de ideas paralelas como la de un grupo de niños humanoides independientes y salvajes que habitan el relato. Quizás no sea el trabajo más redondo de su creador debido a sus deslices melodramáticos, pero su verdadero valor reside en la urgencia con la que retrata nuestros miedos más inmediatos. Koreeda demuestra que el cine de autor todavía puede encontrar un espacio para recordarnos que el alma no depende del origen de la materia, sino de la capacidad humana de otorgarle un espacio legítimo en el mundo.
