Cumbres Borrascosas: El evangelio gótico según Emerald Fennel

por Nathalia Olivares
Emerald Fennell se ha consolidado como la enfant terrible de la estética contemporánea, una directora que no filma historias, sino que captura colisiones culturales. Tras el cinismo de Saltburn, su incursión en el páramo de Emily Brontë no es una simple adaptación, sino una intervención quirúrgica al corazón del romanticismo victoriano. Fennell entiende que la novela original nunca fue una tarjeta de San Valentín, sino un tratado sobre la crueldad, y en esta versión 2026, decide amplificar el artificio para revelar la verdad.
La directora parece haber encontrado su santuario en la disfuncionalidad de los Earnshaw. Hay una fascinación casi antropológica en cómo retrata la decadencia de Cumbres, ese caserón que respira barro y violencia atávica. Frente a la asepsia civilizada de los Linton en la Granja de los Tordos, Fennell elige el salvajismo. Es en el caos de los instintos básicos donde la película encuentra su pulso más honesto, alejándose de la corrección política para abrazar la toxicidad que define a sus protagonistas.
El prólogo de la cinta es, sencillamente, una pieza de orfebrería gótica. Owen Cooper y Charlotte Mellington, como las versiones infantiles de Heathcliff y Cathy, logran lo que pocas adaptaciones consiguen: capturar el vínculo espectral que los une. No es amor lo que vemos en sus juegos entre la niebla, es un reconocimiento de sombras compartidas. En estos primeros compases, la película se siente como un susurro de Brontë, impregnado de una atmósfera sobrenatural que parece anunciar una tragedia inevitable.
Sin embargo, cuando el metraje avanza hacia la madurez de los personajes, la atmósfera muta. La Granja de los Tordos se transforma, bajo la lente de Fennell, en una suerte de "mansión de Barbie" del siglo XVIII. Es un giro cromático audaz que desafía al purista, pero que funciona como una metáfora visual sobre la artificialidad de la aristocracia. Aquí, la película deja de ser un drama de época para convertirse en un festín pop que prioriza la estética del deseo sobre la densidad del texto.
La elección de Margot Robbie y Jacob Elordi es una declaración de intenciones. Son, posiblemente, los rostros más hegemónicos del cine actual, y Fennell los utiliza como armas de seducción masiva. Robbie dota a su Cathy de una volatilidad caprichosa que resulta magnética, mientras que Elordi compone un Heathcliff que es puro magnetismo animal y resentimiento contenido. Juntos, logran una química que es, a falta de una palabra mejor, arrebatadora, elevando el "amor imposible" a una categoría épica.
No obstante, esta brillantez visual tiene un precio. Al centrarse en la pirotecnia del romance, Fennell sacrifica parte de la arquitectura moral de la novela. Se echa de menos esa exploración cruda sobre el origen de la maldad y el rencor como motor existencial que atraviesa las páginas de Brontë. La película prefiere el brillo del momento a la sombra de la genealogía; el círculo de violencia hereditaria queda, en ocasiones, eclipsado por la belleza de un plano en VistaVision.
Es precisamente el formato VistaVision lo que convierte a esta obra en una experiencia sensorial inigualable. La épica de los paisajes de Yorkshire se despliega con una nitidez que hiere, permitiendo al espectador perderse en las texturas del páramo, en el sudor de los actores y en el movimiento de las telas. La producción de LuckyChap no ha escatimado en recursos para asegurar que cada fotograma sea una pieza de museo, consolidando a Robbie no solo como una musa, sino como una arquitecta de su propia leyenda.
A diferencia de las versiones académicas de 1939 o el naturalismo de 1992, esta entrega de 2026 no busca la fidelidad histórica, sino la relevancia icónica. Fennell no intenta explicarnos a Brontë; intenta hacernos sentir la vibración de sus obsesiones a través de un filtro contemporáneo. Es una película diseñada para la era de la imagen, donde el impacto de un primer plano es más elocuente que cualquier soliloquio existencialista.
El resultado es una obra deliberadamente "ligera" en su peso filosófico, pero densa en su ejecución técnica. Es un juego de espejos donde la belleza de los protagonistas actúa como un bálsamo para la oscuridad de sus acciones. Si bien se prescinde de la turbiedad más extrema del relato original, se compensa con una honestidad emocional que conecta directamente con la sensibilidad del público actual, ansioso de mitologías visuales potentes.
En última instancia, Cumbres Borrascosas (2026) es un triunfo de la forma sobre el fondo, una travesura cinematográfica que nos invita a abandonar las comparaciones odiosas y rendirnos ante la majestuosidad del paisaje y el carisma de sus estrellas. Emerald Fennell ha creado una película que, aunque use comillas para protegerse de la crítica académica, brilla con luz propia en el firmamento de las grandes producciones del año. Es, sin duda, el romance más espectacular que veremos en esta década.

