Frankenstein de Guillermo del Toro: La redención de la carne suturada

por Nathalia Olivares
La pregunta que Mary Shelley lanzó al mundo en 1818 —¿quién es el verdadero monstruo?— encuentra en 2025 su respuesta más barroca, compasiva y visualmente arrebatadora. Guillermo del Toro, el cineasta que ha dedicado su vida a vindicar a los marginados y a las bestias, toma el mito del "Moderno Prometeo" para entregarnos no solo una adaptación, sino una exégesis cinematográfica que ya se posiciona como una joya del catálogo de Netflix.
La herencia del abandono: Un drama de padres e hijos
Fiel a la estructura epistolar de la novela, la cinta nos sumerge en el blanco absoluto del Ártico, donde la persecución entre el creador y su obra se convierte en un duelo de espejos. Aquí, el Doctor Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) no es solo un científico cegado por la soberbia, sino un hombre roto por un trauma generacional. Del Toro expande la narrativa familiar para mostrarnos que el desprecio de Víctor hacia su creación es el eco de la desaprobación de su propio padre (Charles Dance). El verdadero horror en esta versión no reside en el laboratorio, sino en la cadena de abandonos que convierte la vida en un castigo.
Jacob Elordi: La vulnerabilidad bajo las cicatrices
Si bien Oscar Isaac proyecta una obsesión eléctrica y febril, es Jacob Elordi quien logra lo imposible: otorgar una humanidad vibrante y física a La Criatura. Lejos de la rigidez iconográfica de Boris Karloff, el actor utiliza el denso maquillaje protésico para filtrar una vulnerabilidad desgarradora. Su interpretación se aleja del bruto torpe para presentarnos a un ser sensible y elocuente, un "hijo" cuyo único pecado fue nacer del perfeccionismo clínico de un padre que no supo amar lo imperfecto. El diseño de la criatura, con suturas limpias y una estética quirúrgica lógica, refuerza la idea de que Víctor no buscaba un monstruo, sino la perfección imposible.
Una sinfonía gótica de luz y sombra
Visualmente, la película es una clase magistral de estilo. Colaboradores habituales de Del Toro, como el fotógrafo Dan Laustsen y el compositor Alexandre Desplat, construyen una atmósfera donde cada fotograma parece una pintura romántica del siglo XIX. La puesta en escena privilegia los planos de larga duración y una profundidad de campo que permite habitar los escenarios, huyendo de la estética difusa del cine digital contemporáneo. Aunque su paso limitado por cines fue una pérdida para la escala épica de su fotografía, Frankenstein (2025) triunfa como un relato íntimo sobre el peso de la ambición y la belleza inherente a lo defectuoso.

