Javiera Mena en el Teatro Municipal: El rito sagrado del Rave

por María Fernanda Araneda
Cerrar el 2025 en el Teatro Municipal de Santiago no es un hito menor, pero para Javiera Mena, el recinto se siente menos como una institución solemne y más como su propio patio de recreo vanguardista. En su segunda incursión en este escenario, la reina del electropop chileno no vino a pedir permiso; vino a dictar una cátedra sobre la evolución del brillo. Con el estreno de su sexto álbum, Inmersión, como eje central, la velada se transformó en una experiencia binaria: una primera mitad de texturas orquestales y una segunda de pulsación sintética que convirtió el terciopelo del Municipal en la pista de baile más elegante del país.
El primer acto fue una inmersión profunda en la madurez técnica. Acompañada por el Cuarteto Austral y una banda donde el saxofón reclamó un protagonismo casi erótico, Javiera elevó las canciones de su nueva placa a una dimensión monumental. "Pez en el agua" y "Mar de Coral" —esta última junto a un Gepe que la bautizó con justicia como una "institución"— demostraron que la Mena actual no necesita de la nostalgia para sostenerse. Sin embargo, se percibió una curiosa tibieza en una platea que parecía estar procesando la sofisticación de los nuevos arreglos, mientras en los palcos ya se gestaba la insurrección del baile.
El momento de quiebre emocional llegó con la desnudez del piano negro. Sola, reflejada en una pantalla que agigantaba su figura, Javiera entregó una versión de "Esquemas Juveniles" que paralizó el tiempo. Fue un recordatorio de que, bajo las capas de sintetizadores, reside una de las plumas más sensibles de nuestra música. Este bloque íntimo, que incluyó joyas como "Acá Entera" y una reinterpretación en "Cámara Lenta" con un solo de saxofón que reemplazó las cuerdas originales, sirvió como el bálsamo necesario antes de que el teatro mutara su ADN.
Tras el interludio, el protocolo se incineró. Javiera reapareció sola frente a sus sintetizadores y, con un simple ademán, instauró el Rave Municipal. Fue aquí donde la "Entropía" de su nuevo disco finalmente cobró sentido físico. El peak absoluto —y quizás del pop nacional de la década— llegó con "Espada", un himno que unificó las voces en una euforia que rozó lo religioso. No obstante, esta explosión dejó en evidencia una verdad incómoda: gran parte del público parece haberse estancado en los hits de la era Otra Era, mostrando una injusta distancia hacia trabajos brillantes como Nocturna o el mismo Inmersión. Javiera está en constante fuga hacia el futuro; su audiencia, a ratos, se queda mirando la foto de ayer.
La cercanía física marcó el tramo final cuando la estrella emergió desde la entrada del salón para cantar "Corazón Astral" entre la gente, rompiendo la cuarta pared con una sonrisa que desarmó cualquier formalismo. El cierre fue un festín de colaboraciones y hitos: la presencia de Javiera Parra en "Yo no te pido la luna" selló un círculo de linaje pop, mientras que la dupla final de "Luz de Piedra de Luna" y "Sufrir" intentó, con éxito parcial, sacudir la inercia de una platea que por momentos pareció alérgica al movimiento.
Javiera Mena entregó un espectáculo de factura internacional, demostrando que su discografía es un organismo vivo que no admite pausas. Más allá de la actitud contemplativa de ciertos sectores del público, el show fue un triunfo del diseño sonoro y la visión artística. En un año dominado por la estridencia de las guitarras, estas dos horas de pop puro fueron el refugio perfecto. Mena nos recordó que el paraíso no es un lugar al que se llega, sino un estado mental que se alcanza bailando bajo sus propios términos.
