La única opción: Park Chan-wook y la carnicería del cuello blanco

por Nathalia Olivares
El cine de Park Chan-wook siempre ha sido un campo de batalla donde la elegancia formal colisiona con la fealdad de la pulsión humana. En La única opción (No Other Choice), el maestro surcoreano no solo regresa a la gran pantalla este 15 de enero, sino que efectúa una disección quirúrgica del capitalismo tardío. Adaptando la novela The Ax de Donald E. Westlake, Park transforma la angustia del desempleo en una sinfonía de humor negro y violencia meticulosa, recordándonos que, bajo el traje y la corbata, el hombre moderno es un depredador acorralado.
La trama nos presenta a Yoo Man-su, interpretado por un Lee Byung-hun que entrega una actuación estratosférica. Tras dedicar 25 años de su vida a una industria papelera que lo desecha sin parpadear, Man-su llega a una conclusión tan lógica como aterradora: si el mercado laboral es un cuello de botella, la única forma de pasar es eliminando físicamente a los otros candidatos. Lo que sigue es una odisea criminal donde la búsqueda de empleo se convierte en un thriller de supervivencia, demostrando que la competencia desmedida es, en esencia, una forma de canibalismo social.
Uno de los pilares más fascinantes del filme es el desmantelamiento de la fragilidad masculina. Park Chan-wook pone bajo la lupa el ego herido del "macho proveedor". Man-su no asesina por hambre, sino por estatus; su desesperación nace de la imposibilidad de sostener la máscara de éxito que la sociedad coreana —y global— le exige. Es un hombre aterrado que prefiere mancharse las manos de sangre antes que admitir ante su esposa, la brillante Son Ye-jin, que el sistema lo ha vuelto irrelevante.
La química entre Lee Byung-hun y Son Ye-jin eleva la película de una simple sátira a un drama doméstico asfixiante. La casa familiar, lejos de ser un refugio, se presenta como una jaula de cristal y oro. Aquí, el "sueño aspiracional" es el verdadero villano: las clases de los hijos y las hipotecas son los grilletes que empujan a Man-su al abismo. Park nos lanza una pregunta incómoda que resuena mucho después de los créditos: ¿hasta dónde llegaría el ciudadano promedio para no descender un solo peldaño en la escala social?
Técnicamente, la cinta es un prodigio de arquitectura y simbolismo. La fotografía de Kim Woo-hyung juega con la textura del papel —metáfora de la fragilidad y la burocracia— y los tonos fríos del entorno corporativo. Cada encuadre es una composición milimétrica donde los espacios hablan: los pasillos de las oficinas son laberintos claustrofóbicos y las casas modernas son escaparates de una soledad absoluta. Park utiliza el espacio para subrayar que sus personajes son prisioneros de un diseño mayor que ellos mismos.
Lo que diferencia a La única opción de cualquier otro thriller es su capacidad para hacernos reír de forma dolorosa. El humor negro de Park es ácido y preciso; nos obliga a carcajarnos ante la torpeza de los crímenes de Man-su para luego darnos un golpe de realidad sobre nuestra propia complicidad en un sistema que descarta personas como si fueran material de oficina. Es cine de autor con la potencia de un blockbuster, una obra que se siente tan sofisticada como visceral.
Finalmente, el veredicto es claro: Park Chan-wook ha vuelto a redefinir el cine contemporáneo. La única opción es una experiencia obligatoria para entender las sombras del 2026, una película que nos mira a los ojos y nos pregunta si somos el cazador o la presa. Si aún no tienes tu lugar, corre por tus entradas, ya que quedan las últimas disponibles para este estreno histórico en las principales cadenas del país. No verla sería, irónicamente, la única opción equivocada.

