Marty Supreme: El delirio frenético de Josh Safdie y la consagración de Chalamet

04.02.2026

por Nathalia Olivares

Este jueves 5 de febrero, las salas chilenas reciben el primer estallido de Josh Safdie desde la separación de su hermano: Marty Supreme. La cinta nos sumerge en la psique de Marty Mauser, un prodigio del ping-pong cuya ambición bordea la patología. No es solo un biopic deportivo; es un descenso a los infiernos del ego disfrazado de comedia negra y drama existencial.

La historia sigue a un joven cuya única brújula moral es el rebote de una pelota de celuloide. Marty no solo quiere jugar; busca que su talento sea validado como una obra de arte digna de admiración universal. Para lograrlo, está dispuesto a incinerar cualquier puente que lo conecte con la estabilidad o la cordura.

El mito del genio incomprendido

A sus 23 años, el protagonista sueña con la gloria internacional en Londres. Sin embargo, su personalidad se aleja del héroe deportivo tradicional. Marty es ególatra, un embaucador con un magnetismo peligroso y una confianza ciega en sus habilidades que roza lo delirante, presentándose ante el mundo como un genio incomprendido.

Esa fachada de invencibilidad se desmorona cuando se enfrenta a Endo, un implacable jugador japonés. La derrota en Londres no es solo un resultado deportivo, sino una fractura psíquica. Marty pierde la cabeza y, en lugar de aceptar el fracaso, se obsesiona con una revancha en tierras niponas que parece más un suicidio que un plan.

Lo que inicia como una crónica de superación se transforma rápidamente en un caos narrativo marca de la casa Safdie. El guion abandona la estructura lineal para enfocarse en los obstáculos morales y económicos que Marty debe sortear. La película deja de ser sobre el deporte para ser sobre la supervivencia de un narcisista.

La sacralidad de la obsesión

Para el protagonista, el tenis de mesa es una liturgia sagrada. La película evoca esa máxima de El secreto de sus ojos: el ser humano puede cambiar de todo, menos de pasión. Pero aquí, esa pasión es un parásito que consume la humanidad del portador, alejándolo de cualquier rastro de empatía hacia los demás.

En este trayecto, emerge una filosofía de vida peculiar y retorcida. Marty asume que su talento es una divinidad que el mundo está obligado a financiar. Cree que el dinero debería manifestarse por inercia, rechazando la idea de convertir su arte en un negocio, mientras la realidad comienza a asfixiar sus delirios de grandeza.

Ese purismo estético se estrella frontalmente contra la precariedad económica. Sin fondos ni aliados, Marty se ve forzado a la humillación máxima: trabajar como el bufón del entretiempo en partidos de menor categoría. Allí, el atleta se convierte en payaso, degradando su don para pagar deudas que su ego no puede cubrir.

Una espiral de decisiones peligrosas

La desesperación lo empuja a métodos cada vez más irracionales y violentos para obtener dinero. Marty no busca soluciones lógicas; busca atajos peligrosos que ponen en riesgo su vida y la de quienes lo rodean. La tensión crece hasta volverse asfixiante, transformando la pantalla en un campo de batalla ético.

La película se consolida entonces como un drama caótico y angustiante. El espectador observa con fascinación y horror a un hombre que utiliza a las personas como peldaños. Su narcisismo es un motor que lo lleva demasiado lejos, en una espiral donde el ping-pong es la única justificación para su existencia dañina.

Incluso cuando el abismo es evidente, Marty se niega a frenar. Su incapacidad para concebir un escenario donde no sea el mejor lo vuelve un personaje trágico. Esa negación absoluta del fracaso es, precisamente, lo que dota al tramo final de una carga emocional y eléctrica fuera de lo común.

El triunfo de lo invisible

El desenlace elude los clichés del género con una maestría notable. Marty no alcanza la gloria oficial ni levanta el trofeo internacional que tanto ansiaba. El éxito, en el universo de Safdie, tiene un sabor mucho más amargo y privado, alejado de las luces de la prensa y las medallas de oro.

La verdadera victoria ocurre en una partida clandestina contra Endo, donde se apuestan desde el honor personal hasta oscuros intereses políticos y empresariales. Al ganar ese duelo invisible para el mundo, Marty siente que su propósito se ha cumplido, aunque el costo de dicha validación sea irreparable.

Finalmente, Marty Supreme es un triunfo cinematográfico gracias a un Timothée Chalamet que devora cada escena. Su interpretación es un despliegue de matices que transitan entre la vulnerabilidad y la locura. Sin duda, estamos ante el papel que le otorgará el Oscar a Mejor Actor este próximo 15 de marzo.