One Battle After Another: La psicosis americana de Paul Thomas Anderson

29.09.2025
por Aillen Fuenzalida 


El cine de Paul Thomas Anderson siempre ha sido un campo de batalla entre la nostalgia y el cinismo, pero en su más reciente entrega, la adaptación (libre, lisérgica y política) de Vineland, el director parece haber encontrado el sintonizador perfecto para el ruido blanco que emite la sociedad contemporánea. No es solo una película; es un artefacto cultural que disecciona la herencia de la contracultura frente al avance de un autoritarismo que ya no se esconde en las sombras, sino que desfila con uniforme de gala.

La trama nos sitúa en esa herida abierta que es la frontera entre Estados Unidos y México, un no-lugar donde Bob (un Leonardo DiCaprio que abraza el patetismo con una maestría física envidiable) intenta sobrevivir al eco de sus propios explosivos. Bob no es el héroe revolucionario que Hollywood suele vendernos; es un vestigio, un hombre que ha cambiado las consignas por la marihuana y el olvido, hasta que el pasado —encarnado en la desaparición de la volcánica Perfidia Beverly Hills— toca a su puerta con la bota de hierro del ejército.

Lo que hace a esta cinta una pieza de valor incalculable es su capacidad para transitar entre géneros sin perder la brújula. Anderson orquesta un ballet de tonos mixtos donde el slapstick más puro coexiste con la crudeza del drama migratorio. Es una propuesta arriesgada: ver a DiCaprio tropezar mientras de fondo se retrata la tragedia de los campos de detención podría parecer una falta de respeto, pero aquí funciona como una crítica mordaz al absurdo de una nación que se ha convertido en una caricatura de sí misma.

El antagonismo de la cinta encuentra en Sean Penn un recipiente aterrador. El Coronel Steven J. Lockjaw no es un villano de cartón piedra; es la representación de una masculinidad herida y un racismo sistémico que roza lo patológico. Su obsesión con la "pureza" y su ridícula aspiración a pertenecer a una élite supremacista vestida de espíritu navideño subraya la ridiculez del mal. Penn interpreta a Lockjaw con una intensidad contenida, mostrando que el verdadero peligro no es el monstruo que ruge, sino el burócrata resentido que desea aquello que profesa odiar.

En medio de este caos ideológico, surge Willa como el centro moral y emocional del relato. Chase Infiniti realiza un debut que solo puede calificarse de milagroso, dotando a la joven de una madurez que sus padres nunca alcanzaron. Ella es el producto de la colisión entre el idealismo violento de Perfidia y la deriva existencial de Bob. A través de sus ojos, la película cuestiona si la revolución es una herencia genética o una respuesta necesaria ante un entorno que intenta borrar tu identidad.

La técnica de Anderson, apoyada por la cinematografía enérgica y una edición que no permite el parpadeo, convierte la huida de Bob y Willa en una odisea moderna. La cámara en mano no busca el realismo sucio del documental, sino capturar la ansiedad de unos personajes que siempre están a un paso de ser devorados por el sistema. Cada encuadre respira una urgencia que se siente dolorosamente actual, alejándose de cualquier artificio innecesario para centrarse en el movimiento constante.

Mención aparte merece la partitura de Jonny Greenwood. El colaborador habitual de Anderson abandona las melodías contemplativas para ofrecer una banda sonora que funciona como un metrónomo del colapso. Ese piano repetitivo, casi obsesivo, actúa como una cuenta regresiva que eleva la tensión arterial del espectador. No es música para acompañar imágenes; es el sonido del estrés postraumático de una nación que presiente su propia explosión.

La película no teme señalar las grietas de ambos bandos. Los revolucionarios de la French 75 no son santificados; Anderson los muestra como seres falibles, a menudo perdidos en la estética de la lucha más que en su propósito original. Perfidia, interpretada con una ferocidad magnética por Teyana Taylor, es el ejemplo de cómo el dogma puede terminar por deshumanizar incluso los vínculos más sagrados, dejando atrás una estela de abandono en nombre de una causa que la terminó consumiendo.

Hacia el clímax, la cinta nos regala secuencias de acción que desafían la lógica del género, culminando en una persecución desértica que es tanto un prodigio técnico como una metáfora visual de la inestabilidad política. Es en estos momentos donde el filme se separa de cualquier etiqueta genérica para convertirse en una experiencia sensorial pura, donde el espectador es obligado a confrontar la violencia y el absurdo sin el filtro de la comodidad cinematográfica.

En definitiva, estamos ante una obra que no busca el consenso, sino la provocación. Es un retrato ácido de un país fracturado, una historia sobre padres perdidos e hijas que encuentran su propio camino entre las cenizas de ideologías caducas. Anderson ha filmado una película que es, simultáneamente, un grito de guerra y un suspiro de esperanza, confirmándose como el cronista más lúcido y despiadado de la psique estadounidense en lo que va de siglo.