Pervervisión Fest: El estallido intergeneracional del nuevo indie chileno

por Javiera Alemani
El Pervervisión Fest no fue solo un concierto de más de seis horas; fue la radiografía de un momento histórico para la música nacional. En el Teatro Coliseo se selló un pacto entre la irreverencia noventera de Panico y la efervescencia de la nueva "crème de la crème" del indie chileno. En un contexto marcado por la tensión política de cara a la segunda vuelta electoral, el festival funcionó como un dispositivo de resistencia y catarsis, donde cada banda, desde su trinchera sonora, reafirmó que la música sigue siendo el territorio más fértil para el discurso social y la liberación colectiva.
La jornada arrancó con la solidez de Estoy Bien. El trío, que ya suma seis años de trayectoria, demostró por qué ha pasado de los patios baldíos a los grandes escenarios. Su presentación fue un viaje de expansión: desde la crudeza visceral de sus primeros trabajos emo-pop hasta la sofisticación técnica de sus nuevas composiciones. Pese a mínimos detalles técnicos, la banda proyectó una seguridad envidiable, consolidando un universo sonoro que se siente cada vez más propio y menos deudor de sus influencias externas.
Por su parte, Hesse Kassel despejó cualquier duda que el "ruido" de internet pudiera haber generado sobre su reciente material. En vivo, el grupo es un organismo de caos controlado, capaz de devorarse el escenario con una energía rabiosa que conecta directamente con la pulsión hormonal de su público joven. Con un setlist que decidió mirar hacia adelante, reduciendo su aclamado debut a lo mínimo, la banda demostró influencias progresivas y una estridencia técnica que los aleja de las comparaciones fáciles, confirmando que son alumnos ávidos de la experimentación sonora.
El punto de inflexión llegó con Candelabro, probablemente una de las bandas más vitales de la década. Tras su exitoso paso por Fluvial y con miras a Barcelona en 2026, el septeto dio una clase magistral de cómo reapropiarse de la identidad nacional desde la vanguardia. Con temas de Deseo, Carne y Voluntad, Matías Ávila y compañía transformaron el Coliseo en un espacio de conciencia política, dedicando canciones a las víctimas de trauma ocular y cerrando con discursos que cargaron el ambiente de una rabia necesaria y transformadora. Lo de Candelabro no es solo música; es un manifiesto estético y social.
Como matriarca indiscutida del indie rock nacional, Chini.png entregó el set con la mejor factura técnica de la noche. Su dominio del escenario es el resultado de años de oficio, reflejado en una pulcritud sonora que permitió apreciar cada matiz de su reciente álbum Vía Lo Orozco sin perderse en la distorsión. Desde el vestuario hasta las visuales, su propuesta es una obra de arte total que equilibra la nostalgia de sus inicios con una identidad contemporánea que la sitúa como el referente femenino más relevante del circuito alternativo actual.
Finalmente, el "Estilo Panico" se apoderó del recinto para recordar que la catarsis también se encuentra en el baile. Con tres décadas de historia a cuestas, la banda liderada por Edi Pistolas y Caroline Chaspoul se vio tan fresca como en sus días de autogestión noventera. El Coliseo se convirtió en una pista de baile intergeneracional donde los "señores Panico" y las nuevas juventudes se fundieron en un ritual de anfetamina y ritmo. Panico cerró el festival no solo con clásicos como "Lupita" o "Guadalupe", sino con una lección fundamental: que en medio de la incertidumbre y el ruido, bailar sigue siendo una de las formas más poderosas de libertad.
