Wicked: Para siempre – El triunfo emocional de una amistad que cambió Oz

21.11.2025

por Nathalia Olivares

El cierre de la épica musical que comenzó el año pasado finalmente ha llegado a las salas de cine, consolidando una propuesta que ya no solo compite con el legado de Broadway, sino que expande el mito de Oz hacia nuevas fronteras emocionales. Wicked: Para siempre retoma la historia tras la icónica e insurreccional "Defying Gravity", situándonos en un reino donde las mentiras del Mago han cristalizado en una persecución implacable. Bajo la dirección de Jon M. Chu, esta entrega no es solo un descenlace; es un estudio profundo sobre el sacrificio, la manipulación política y la lealtad inquebrantable.

Años después de que Elphaba decidiera volar sola, la encontramos convertida en una proscrita que lucha por rescatar a los animales de Oz, mientras Madame Morrible y el Mago alimentan la narrativa de la "Bruja Mala" para consolidar su poder. En el otro extremo, Glinda y Fiyero se han convertido en los rostros públicos de un régimen que brilla por fuera pero se pudre por dentro. Este contraste entre la resistencia desde las sombras y la complacencia en el palacio otorga a la película una tensión política sumamente actual, elevando el guion por encima de la fantasía convencional.

Uno de los aciertos más brillantes de esta entrega es su soberbia gestión del material original. A diferencia de otras adaptaciones que se pierden en referencias externas, Wicked: Para siempre tiene la valentía de relegar la famosa aventura de Dorothy Gale a un segundo plano absoluto. Aquí, la niña de Kansas y sus compañeros son solo piezas de ajedrez en el tablero del Mago; el foco nunca se desvía de la relación entre Elphaba y Glinda. Esta decisión narrativa permite que el conflicto interno de las protagonistas respire, evitando distracciones nostálgicas innecesarias.

La inclusión de nuevas canciones como "No place like home" y "The girl in the bubble" no solo satisface el apetito de los puristas, sino que añade capas psicológicas fundamentales. Mientras la primera explora la melancolía del exilio de Elphaba, la segunda nos sumerge en la soledad dorada de una Glinda que empieza a cuestionar su propia "bondad". Estas adiciones se integran orgánicamente con el repertorio clásico de Stephen Schwartz, elevando la experiencia sonora a un nivel de sofisticación que rara vez se ve en las secuelas musicales.

En el corazón de este espectáculo se encuentran, una vez más, Cynthia Erivo y Ariana Grande. Si en la primera parte establecieron el estándar, en esta entrega alcanzan la excelencia interpretativa. Erivo dota a Elphaba de una vulnerabilidad hercúlea, mientras que Grande entrega una Glinda cuya evolución emocional es palpable en cada gesto. La química entre ambas trasciende la pantalla, culminando en interpretaciones cargadas de una verdad dolorosa que hace que el espectador sienta cada nota como una confesión personal.

Técnicamente, la película es una catedral de diseño y sonido. El vestuario, que juega con la evolución cromática de los personajes, y la mezcla de audio, que potencia la majestuosidad de la orquesta, construyen una experiencia inmersiva total. Cada detalle de la producción está al servicio de la narrativa, logrando que los efectos visuales no solo asombren por su escala, sino que subrayen la soledad o el triunfo de las protagonistas en momentos clave. Es, sin duda, un despliegue técnico que la posiciona como favorita absoluta para la próxima temporada de premios.

Finalmente, Wicked: Para siempre se despide no como un simple cierre de trilogía, sino como un rito de pasaje cinematográfico. Es una obra que nos recuerda que la historia siempre es escrita por quienes ostentan el poder, y que la verdadera magia no reside en los hechizos, sino en la capacidad de ser cambiado por otro para siempre. Para los amantes del cine y de las grandes historias, este final es un regalo emocional que confirma que, en Oz, nada es lo que parece y todo es posible mientras haya una amistad que desafíe la gravedad.